miércoles, 23 de noviembre de 2011

El Terrorismo de Ultraderecha Sigue Existiendo en Alemania del Siglo XXI: "Hitler Vive"

Los alemanes imaginaban a los neonazis como marginados sin capacidad de actuar y bien vigilados. Diez cadáveres con un tiro en la cabeza rompieron ahora esa ilusión: el terrorismo de ultraderecha sigue existiendo en la Alemania del siglo XXI. Y lo que es peor: el país no está preparado para hacerle frente.

Los investigadores descubrieron este mes que una serie de nueve misteriosos crímenes xenófobos cometidos entre 2000 y 2006 fueron obra de una banda de ultraderecha hasta ahora desconocida, a la que se atribuye también el asesinato de una policía en 2007, varios robos de bancos y un atentado con bomba que dejó decenas de heridos.

El hallazgo estremeció a una opinión pública obsesionada con el pasado nazi. No sólo porque constituye la ola de violencia de ultraderecha más sangrienta en Alemania desde la Segunda Guerra Mundial, sino también porque abre un oscuro interrogante sobre las fuerzas de seguridad, ineptas en el mejor de los casos, cómplices en el peor.

La canciller, Angela Merkel, lo resumió con palabras poco frecuentes para la orgullosa potencia europea: “Es una vergüenza para Alemania”.

La trama comenzó a destaparse el 4 de noviembre, cuando los neonazis Uwe Mundlos y Uwe Böhnhardt aparecieron muertos dentro de una caravana incendiada en el este del país. La versión oficial dice que se suicidaron al verse acorralados por la policía después de robar un banco. Muchos lo dudan.

Cuatro días más tarde, su compañera Beate Zschäpe hizo volar por los aires la vivienda que los tres compartían en la localidad sajona de Zwickau, al parecer para borrar pruebas, y se entregó a la policía. Su declaración podría atar muchos cabos sueltos, pero hasta ahora se ha negado hablar.

Entre los escombros de la casa aparecieron varios DVD con un vídeo en el que el trío se autodenomina “Resistencia Nacionalsocialista”, amenaza con más ataques y presenta su lema: “Hechos en lugar de palabras”.

El delirante montaje de 15 minutos combina imágenes de la Pantera Rosa con música burlona y fotos de los inmigrantes asesinados con un tiro en la cabeza. No se trataba sólo de matar, sino también de celebrar la muerte y negar la humanidad a las víctimas. “El nacionalsocialismo tuvo siempre un lado sádico”, recuerda el experto Hajo Funke al semanario “Der Spiegel”.

Los asesinatos también eran celebrados por los seguidores del grupo neonazi “Gigi und die Stadtmusikanten”, que en 2010 publicó el disco “¡Hitler vive!” con alusiones directas a los crímenes: “Nueve veces han matado brutalmente, pero las ganas de asesinar no se han calmado… y nueve no son suficientes”.

Esas letras y otras similares se escuchan a diario en los conciertos de los grupos neonazis o en Internet.

El giro más dramático en la investigación se produjo cuando salieron a la luz vínculos entre la célula terrorista y los servicios secretos alemanes -la llamada Oficina Federal para la Protección de la Constitución (BfV)-, que tiene un número indeterminado de infiltrados en grupos de ultraderecha.

Uno de ellos, Andreas T., estaba en el locutorio del joven turco Halit Yizmal cuando los neonazis lo mataron en 2006. Otro, Tino Brandt, fundó en los 90 el grupo extremista Defensa de la Patria de Turingia: durante años utilizó los miles de euros que recibía del Estado para expandir el grupo radical que él mismo debía vigilar.

Mundlos, Böhnhardt y Zschäpe fueron sus miembros hasta 1998. Ese año huyeron a tiempo de una redada y la Inteligencia les perdió el rastro durante 13 años, hasta este mes.

¿Por qué se suicidaron ahora Mundlos y Böhnhardt y cómo lo hicieron mientras incendiaban la caravana? ¿Cometieron más crímenes? ¿Por qué se entregó Zschäpe?

Todas esas preguntas dejan hasta ahora una única respuesta en la que coinciden todos los partidos: “Alemania subestimó de forma sistemática el extremismo de derecha”, resumió el socialdemócrata Thomas Oppermann, jefe de la comisión parlamentaria que controla la BfV.

Muchos recuerdan que hace sólo dos meses, tras la matanza perpetrada por el ultraderechista Anders Breivik en Noruega, el ministro del Interior, Hans-Peter Friedrich, negaba “cualquier indicio” de terrorismo nazi en Alemania. Hoy da por hecho su existencia.

Los principales esfuerzos de estos años se centraron en frenar la violencia islamista. Pero ningún otro tipo de terrorismo se ha cebado tanto con la población alemana como el de extrema derecha. Desde la Reunificación en 1990, se ha cobrado la vida de 182 personas, según cifras de la Fundación para la lucha contra el extremismo Amadeo Antonio. El gobierno en Berlín sólo reconoce 46.

La BfV contabilizó en 2010 más de 200 organizaciones de ultraderecha con 25.000 miembros. Entre ellos hay 9.500 extremistas propensos a la violencia y la mitad puede calificarse de neonazis. Su perfil es cada vez más difuso, advierten los expertos.

“No todos son skinheads, violentos y locos, como muestran los medios. No todos van rapados ni llevan botas militares, eso es una tontería”, explica Bernd Wagner, uno de los más prestigiosos expertos en la ultraderecha alemana. Muchos “tienen una apariencia normal y pertenecen a clases acomodadas”.

Buena parte de ellos vive en el territorio de la extinta República Democrática Alemana (RDA), donde el ultraderechista Partido Nacionaldemocrático (NPD) está presente en dos Parlamentos regionales, el de Sajonia y el de Mecklemburgo-Antepommerania.

La zona se convirtió en el caldo de cultivo perfecto después de la caída del Muro de Berlín: la desaparición de la RDA trajo un dramático aumento del desempleo en una población acostumbrada a trabajar por obligación. A ello se sumó la desilusión con el nuevo sistema político, la brusca llegada del capitalismo, la falta de identificación con el país unificado.

“Al principio se trataba de actos violentos algo difusos: contra gente de izquierda, homosexuales, extranjeros, sobre todo de color. Contra todo lo que no conocían o no parecía ario”, indica Wagner.

Pero pronto hubo agresiones más graves: en 1991 un ataque incendiario contra apartamentos de inmigrantes dejó 32 heridos en la localidad sajona de Hoyerswerda. Muchos curiosos aplaudían mientras los desesperados inmigrantes sacaban sus pertenencias de las viviendas.

Un año después, la escena se repitió en una residencia de refugiados políticos en Rostock-Lichtenhagen, en el noreste del país.

En 2010, la policía alemana registró 16.000 delitos de extrema derecha, 750 de ellos muy violentos. Uno de los ataques les tocó a un joven ecuatoriano de 24 años y a una mexicana de 29 en la capital de Sajonia-Anhalt, Magdeburgo. Como suele ocurrir, los tres agresores ya estaban fichados por la policía.

“A nosotros no nos sorprende la violencia”, asegura a medios alemanes Antje Arndt, portavoz de la Oficina de Ayuda a las Víctimas Sajonia-Anhalt. “Aquí cada dos días hay una agresión racista”.

Para frenar el extremismo, la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel planteó recientemente relanzar el proceso de ilegalización del NPD, rechazado hace años por el Tribunal Constitucional al constatar el alto número de infiltrados en el partido.

Hoy en día, la mayoría de los radicales se articula en torno a esa formación, después de que en 2011 se ilegalizara la mayor agrupación neonazi del país, la “Organización para Presos Políticos Nacionales y sus Allegados”.

Pero muchos políticos y expertos coinciden en que la ilegalización no es el medio definitivo para acabar con el problema. La extrema derecha ha demostrado tener capacidad de seguir matando, al margen de sus organizaciones legales. “Hay mucha gente que quiere desestabilizar el sistema”, advierte Wagner. “Y hay que reconocer que lo han conseguido”.















Fuente: Noticias 24

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