Guerra en Siria en 5 Minutos

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Mustafá Abdel Jalil : " De momento la comunidad internacional, y Europa, están más preocupadas del petróleo que de la vida de los libios."



Mustafá Abdel Jalil dedica las 24 horas del día a la revolución. Este juez nacido en Bayda, doscientos kilómetros al noreste de Bengasi, es el presidente de la Asamblea Nacional y dirige el movimiento rebelde que desde hace cuatro semanas mantiene contra las cuerdas al régimen de Muamar Gadafi. Casado y padre de ocho hijos, en 2006 fue elegido ministro de Justicia, cargó que abandonó al inicio de la revolución «para unirme al pueblo frente a la masacre del régimen».

En voz baja, sin quitarse su inseparable «sanna» (gorro de fieltro) y con el rostro cansado recibe a este periódico en su cuartel general de Bayda, una sencilla habitación de hotel. Cumpliendo con la fama de hombre austero y honesto que no se enriqueció pese a ocupar un cargo de gran responsabilidad, sigue fiel a este establecimiento que desde el primer día abrió sus puertas a Abdel Jalil y a su equipo de colaboradores sin miedo a posibles represalias. Aquí se gestó el nacimiento del Consejo Nacional y desde aquí dirige la batalla contra Gadafi.

—¿Está negociando con Gadafi una salida dialogada al conflicto?

—No hablo directamente con Gadafi. En la televisión libia salió uno de sus más cercanos colaboradores, un hombre respetable, diciendo que era hora de poner fin a la guerra y nosotros compartimos esa visión porque no queremos que muera más gente, es lo único que tenemos en común hasta ahora. Los hombres del régimen que han contactado con la oposición de momento sólo hablan y nosotros pedimos hechos. Si Gadafi quiere la paz debe poner fin a los bombardeos, entonces creeremos en esas supuestas intenciones de diálogo. Esperamos su aparición en los medios para decir de forma clara y pública que quiere la paz, no por medio de intermediarios.

—¿Qué condiciones exigen a Gadafi?

—Le damos de plazo hasta el viernes para que abandone el país. Si lo hace no le denunciaremos ante ningún tribunal internacional, aunque la palabra final no está en poder del Consejo Nacional. Serán las familias de los mártires que han perdido la vida durante esta revolución quienes impongan las condiciones. Creo que sus días en Libia han terminado y sólo le queda el exilio en un país extranjero desde el que se debe comprometer a no interferir nunca más en la política interna de Libia.

—¿Sera usted la persona que dirija Libia tras la caída del régimen?

—Este Consejo tiene fecha de caducidad. En el momento que caiga el régimen tenemos un plazo de seis o siete meses para convocar elecciones. Hasta entonces respetaremos todos los acuerdos internacionales, luego todo quedará en manos de los nuevos gobernantes. Nosotros nos iremos, ninguno de los actuales consejeros seremos candidatos a nada, Libia necesita nuevas caras y no habrá sitio para los políticos del régimen.

—¿Cuál es la prioridad para esa nueva Libia?

—Redactar una nueva Constitución que garantice un futuro democrático para un país en el que se respeten los derechos humanos y las libertades.

—¿Espera el apoyo de la comunidad internacional?

—De momento la comunidad internacional, y Europa, están más preocupadas del petróleo que de la vida de los libios. Sólo pedimos que tomen cuanto antes las medidas para cerrar el espacio aéreo y detener los bombardeos, nada más. Cada día que pasa aumenta el número de muertos y Gadafi aprovecha el aire para seguir trayendo mercenarios y armas para proseguir con su masacre.

—¿Hasta cuándo se puede alargar la actual situación?

—Estamos dispuestos a morir todos y cada uno de nosotros hasta que veamos al país libre de Gadafi. Esto no es una guerra civil, es una guerra por la liberación de un país. Todos sabemos de lo que es capaz Muamar y si no hay presión extranjera arrasará el país hasta quedarse el solo si hace falta.

—Usted fue ministro de Justicia del régimen durante cuatro años, ¿por qué decidió unirse a la revuelta?

—Trabajé como juez desde 1978 a 2006 y ese año el hijo de Gadafi, Saif al Islam, me eligió como ministro de Justicia porque era urgente acometer una serie de reformas para arreglar los problemas generados por la implantación de la doctrina del Libro Verde en el país. Temas relacionados con expropiaciones, encarcelaciones y demás que poco a poco fuimos corrigiendo con el pago de más de tres mil millones de dinares en forma de indemnizaciones. De verdad que creo que estaba haciendo un buen trabajo, pero luego estalló la revuelta y me di cuenta que debía dejar mi puesto.

—¿Qué ocurrió?

—Salí a las calles de esta ciudad (Bayda) a protestar de forma pacífica junto a miles de amigos y vecinos que pedían cambios en el sistema. De pronto las fuerzas de seguridad del régimen abrieron fuego de forma indiscriminada. El primer día mataron a quince personas, el segundo abrieron la prisión principal y enviaron a los presos a quemar los tribunales… me di cuenta de que los culpables actuaban con impunidad y respaldo de Trípoli así que presenté mi renuncia y empecé a trabajar con la oposición.

—Túnez, Egipto, ahora Libia, ¿qué está ocurriendo en el mundo árabe?

—La gente ha despertado. Se alza por su libertad y por la paz y estoy seguro de que con la lucha, al final, el pueblo logrará lo que busca.

Son casi las once de la noche. Una furgoneta pick-up y un pequeño Hyundai de color blanco esperan a Mustafá Abdul Jalil a las puertas del hotel para llevarle a una nueva reunión. Se arregla la corbata y, con educación, se despide pidiendo a Dios que les dé fuerza en esta lucha contra el régimen. Su primo y hermano, su escolta privada de confianza, le abren paso en la heladora noche de Bayda. Un joven con una gran metralleta en la mano y el cuerpo cubierto por dos cananas cruzadas en forma de equis cierra la comitiva del líder rebelde que, sin aspavientos, ni una palabra más alta que la otra ha logrado el respeto de todo un pueblo que confía en él en esta «guerra por la liberación» de Libia.

El rebelde más buscado

La semana pasada Gadafi envió a Bayda a catorce sicarios para acabar con su vida, pero no lograron su objetivo. Es el político más odiado por la dictadura. Tras ejercer de juez entre 1978 y 2006, Abdul Jalil fue elegido por Saif al Islam, hijo del líder, para dirigir el ministerio de Justicia. Natural de Bayda, 200 kilómetros al noreste de Bengasi, durante toda su carrera se ha forjado una reputación de hombre honrado que le ha llevado a convertirse en la referencia del bando rebelde. Durante su etapa en el ministerio fue el primero en reclamar reformas y el único que criticó abiertamente algunas decisiones de Gadafi.
El 17 de febrero se convirtió también en el primer alto cargo del régimen en unirse a la revuelta. Desde entonces comenzó a gestar el Comité Nacional que ahora suple al gobierno central en la Libia liberada. Casado y padre de ocho hijos, dos de los cuales viven en el Reino Unido, su seguridad personal la forman un hermano y un primo suyos. Viaja en una humilde furgoneta y vive en estado de alerta permanente porque sabe que su cabeza tiene precio. Pero, estando a su lado, parece increíble que un hombre tan calmado pueda ser ese «líder rebelde» por el que régimen está dispuesto a pagar casi medio millón de dólares.

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