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En La Guerra Del Congo Los Niños Se Comian A Sus Enemigos y Le Arrancaban El Corazon

La revista LX Semana publica un reportaje sobre las heridas que intentan sanar en la República Democrática del Congo, luego de la guerra que azotó a ese país, como consecuencia del conflicto bélico en el vecino Rwanda.

La violencia nos golpea esta vez en forma de canibalismo. Byabey Kambale tenía sólo 16 años cuando el odio, la intolerancia, y la falta de protección lo llevó a alimentarse de carne humana, la carne de sus enemigos.

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A continuación la nota de Sarah Elliot para LX Semanal.

Sólo era un niño de 11 años cuando lo secuestraron y se lo llevaron a la selva para convertirlo en soldado. Allí le obligaron a cometer las mayores atrocidades que se pueda uno imaginar. Ésta es la historia de Byabey Kambale, de 16 años, una víctima más de la terrible guerra del Congo, el conflicto más sanguinario del planeta.

A veces ocurre que cruzas una frontera y, más que en un país, te adentras en una noche de tiempos primitivos. Una de esas noches es la República Democrática del Congo, un matadero del tamaño de Europa.

“Unas veces nos castigaban; otras nos pegaban”, dice Kambele sobre su incursión en la guerra.

Su instrucción incluía permanecer tumbado en el agua durante una hora o de rodillas medio día. Las reglas estaban claras. Ellos eran congoleños y los enemigos, los ruandeses. “El general nos ordenó que nos comiéramos a los enemigos”, afirma con expresión totalmente neutra.

¿Y tú qué hacías?

–Me los comía.

¿Te los comías?

–Estaban buenos. La carne era sabrosa, más que otras que he probado, mejor que la de ternera o la de cordero. Me comí a más de diez ruandeses.

¿Diez ruandeses?

–Diez, seguro. Algunos se comían hasta la cabeza. Yo la probé una vez, estaba buena. Lo único que estaba prohibido comer era el corazón.

¿Y por qué?

–Lo primero que había que hacerle al enemigo era arrancarle el corazón para hacer medicinas. Lo cortábamos en trocitos, lo condimentábamos con plantas y hacíamos una pomada que nos untábamos por el cuerpo antes del combate. Era nuestro secreto.

¿Qué quieres decir?

–La pomada nos volvía invencibles. La usamos muchísimo. Con la pomada nos volvíamos inmunes a los proyectiles. Los enemigos huían. Tenían miedo.

Una mirada al conflicto

Byabey dice estas cosas relajado, con los brazos cruzados, las piernas ligeramente abiertas, como un episodio más en su corta vida. Nació cerca del Parque Nacional Kahuzi-Biega, un lugar de desmesurada belleza y desmesurado sufrimiento, el año en que, con la llegada de los ruandeses, todo comenzó.

En 1994 se produjo el genocidio de Ruanda, los hutus masacraron a 800.000 tutsis. El dictador congoleño Mobutu apoyó a los hutus, así que cuando, poco después, los tutsis tomaron el poder en Kigali, la capital ruandesa, Mobutu abrió la puerta a los autores del genocidio, que huían: dos millones de personas a quienes, al cabo de dos años, alcanzó la tremenda venganza de los tutsis. Las tropas del presidente ruandés Kagame penetraron en el Congo, expulsaron a Mobutu, instalaron en el poder a Laurent Kabila y se dedicaron a la aniquilación de sus exterminadores.

El resultado de esta vertiginosa y a menudo incomprensible veleta es la más silenciosa hecatombe desde la Segunda Guerra Mundial: 5,4 millones de muertos. Mientras escribo, ya sea por malnutrición, por actos violentos o por otras causas ligadas al conflicto, mueren 62 congoleños cada hora, uno cada minuto, 1.500 al día, 45.000 al mes. «Y quien no muere, se va volviendo loco día a día», me dice una activista local, Dominique Bikaba.

Por Sarah Elliot / Revista LX Semanal
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